Bitácora de Leonardo Herrera

(Psicólogo infantil)

Miércoles, 14 de julio de 2021

"Me levanto como siempre, a las 5:00 a.m, con la sorpresa de que estoy sin servicio de agua. Esto complica un poco las cosas.

Hago mi sesión diaria de meditación Zen. Estoy estudiando Budismo Zen desde hace dos años. Es una filosofía de vida que ha sido una invaluable herramienta de autoayuda para mí en estos duros tiempos de larga y severa crisis económica en Venezuela y de COVID-19.

Hoy he tenido solo citas presenciales en mi consultorio. El más interesante fue el caso de  un niño de cinco años traído por su mamá, que luce triste y no quiere ir a la escuela. Todo ello a raíz de que su papá tuvo que emigrar a Estados Unidos.

 

La madre está sola en Venezuela, atendiéndolo a él, su hermana mayor de nueve años y al hermano menor de tres años. Ella es médico pero le ha costado ejercer su carrera, porque debe cuidar de sus hijos. Lo  que más me conmovió fue que, al pedirle a este niño que me dibujara a su familia, dibujó primero la figura del padre con un gran tamaño y unos brazos enormes. Él se dibujó a su lado, seguidamente hizo lo propio con los hermanos y la madre.

 

Al preguntarle por qué tenía su papá los brazos tan largos, este hermoso y brillante pequeñito de cinco años me dijo: ‘Para que esos brazos lleguen desde Estados Unidos hasta aquí y puedan abrazarme’.

La madre y yo cruzamos nuestras miradas en silencio. Se me hizo un nudo en la garganta al ver lo que estaba sintiendo este niño. Yo también soy un padre que tiene a sus hijos en otro país y puedo entender la tristeza de muchos padres alejados de sus hijos, sin poderlos tocar, besar o abrazar. Qué injusto me parece todo esto.

 

A las 6:00 p.m tuve una cita virtual con una adolescente de 13 años y sus padres. Ella es una antigua paciente en control desde los tres años por un síndrome de Asperger. Desde hace dos años está con su familia como inmigrante en Estados Unidos. Los estoy atendiendo por un incidente que tuvo la adolescente con un depredador sexual cibernético que se hizo pasar por otro adolescente, a quien ella ingenuamente aceptó como amigo, y que terminó enviándole pornografía dura. El caso está en manos de la policía, ya que los padres lo denunciaron.

 

He tratado de enfocarme en eliminar las secuelas emocionales de ese incidente en ella y sus padres (y afortunadamente se ha logrado) sin juzgar la conducta de este depredador sexual, pues sé que seguro él también es producto de una situación de abuso  que no se atendió. Pero no es tan fácil.

Al final del día, agradezco que haya llegado el agua. Busco algo que ver para distraerme  antes de ir a dormir y tropiezo con un hermoso documental sobre un posible autorretrato de Leonardo Da Vinci. Lo disfruté mucho.»

Jueves, 15 de julio de 2021

«Como todos los días, me despierto a las 5:00 a.m., hago mi sesión de Zen de 35 minutos en un agradable silencio y, luego de disfrutar un rico café expreso, me preparo para ir al consultorio. Hoy tengo pacientes presenciales, todos niños, y un paciente adulto en la tarde, virtual.

 

Voy vía al consultorio y tengo que detenerme en un contenedor a dejar las bolsas de basura de mi casa. El servicio de aseo urbano, al igual que en muchos sitios de Ciudad Guayana, pasa de manera eventual, por lo cual la ciudad está llena de basura y de zamuros, aves que ahora no se inmutan ante la presencia de las personas y con las que nos toca convivir.

 

Hoy vi a tres pacientes nuevos en la consulta. El primero es un niño de nueve años, traído por los padres y referido del colegio porque es muy inquieto e impulsivo. Va bien en la escuela, pero todo lo hace de manera apresurada. Los padres me comentan que sucede lo mismo en casa: es impulsivo, se disgusta con facilidad, todo lo hace rápido y por ello comete muchos errores.

 

Paso al niño a la sala de pruebas para que me haga algunos dibujos y realizo la entrevista con los padres aparte, en mi consultorio. Luego les propongo evaluarlo para saber de dónde vienen estas conductas.

 

Le explico al niño quién soy y qué es lo que vamos a hacer. Vamos a realizar algunos juegos, mientras sus padres me llenan algunos cuestionarios en la sala de pruebas. Me impresiona. Es un niño inteligente y colaborador, pero ciertamente trabaja de manera apresurada. Mi primera hipótesis de trabajo es un posible TDAH (Trastorno por Déficit de Atención con Hiperactividad) de tipo impulsivo, una alteración de origen neurobiológico que puede cursar con hiperactividad, impulsividad y/o inatención. Me dispongo a evaluarlo con una serie de tests; luego acuerdo con los padres la siguiente sesión para la entrega y discusión de los resultados, así como las estrategias a seguir.

 

El segundo paciente fue un niño de cuatro años, referido por una dermatóloga debido a unas lesiones de vitiligo a nivel de los codos que aparecieron al mes siguiente que su papá emigrara a Estados Unidos. Es obvia la conexión emocional existente en este caso, y la madre lo tiene tan claro como la dermatóloga. Como es un niño pequeño, lo llevo junto con la madre al salón de juegos, un sitio alfombrado con cojines y juguetes, para allí poder observarlo y entrevistar a la mamá.

 

Ella me comenta que es un niño muy inteligente, pero extremadamente rígido y algo obsesivo. Quiere saber cómo puede ayudarlo. Por la entrevista y la observación que hice, sospecho de un posible Asperger, así que le propongo evaluar si existe esta condición, para así poder trabajar mejor los aspectos emocionales relacionados con esto que está viviendo. Le comento a la madre que mis hijos también han emigrado y que  puedo entender las emociones de ambos padres.

 

De nuevo me tropiezo con las secuelas de esta inmigración forzada en las familias venezolanas y siento rabia y tristeza, pues a mí también me ha tocado esto con mis dos hijos, que están fuera desde hace algunos años por no poder realizar sus sueños en su propio país.

 

Como el papá de mi paciente, he sido un padre por Skype, Whatsapp y Zoom, con grandes deseos de abrazarlos y besarlos que me he tenido que tragar. Me duele lo que muchas familias, entre ellas la mía, están sufriendo como resultado de un fallido modelo económico que solo ha generado miseria.

 

El último paciente del día fue un niño de ocho años, notoriamente alto para su edad, traído a consulta por la madre debido a muchas fallas de atención y concentración. Le cuesta seguir instrucciones. Es hijo de un primer matrimonio de la madre.

 

En la entrevista, ella señala que su segundo esposo, padre de su última hija, falleció por COVID-19 a inicio del año pasado. Me quedo mudo y puedo ver el dolor contenido en la madre. Llevo al niño al salón de pruebas, nos quedamos solos la madre y yo. Le pido que me cuente cómo está a raíz de esto. Me conmueve su dolor. Le permito que se desahogue y evalúo cuán deprimida está.

 

Más tranquila, me comenta de su preocupación por el hijo. Le propongo que evaluemos qué está sucediendo con él. Dejo a la madre llenando algunos tests y cuestionarios en la sala de pruebas y me quedo solo para trabajar con el niño.

 

Le explico quién soy, lo que hago y que vamos a hacer algunos juegos. Me impresiona su evidente dificultad para concentrarse y para comprender algunas instrucciones. Observo que no pareciera existir una problemática depresiva de fondo: es un niño despierto y colaborador. Decido entonces explorar los aspectos neuropsicológicos y cognitivos para ver si allí hay alguna explicación.

 

Luego de las pruebas me pide permiso para ir a jugar al salón de los juguetes. Discretamente voy y observo cómo juega y a qué juega. Se le ve cómodo y confiado, imagina batallas espaciales. No me parece que exista alguna problemática emocional grave.

 

Llego al mediodía a mi casa, almuerzo y descanso un poco. Reviso los casos  virtuales  que tengo que atender para el día siguiente y veo mi clase de Zen de la semana.

 

A las 6:00 p.m hago el contacto con mi próximo paciente. Es un caso del servicio de atención  voluntaria del Colegio de Psicólogos: un hombre de 26 años quien se queja de ansiedad, dificultad para dormir, sensación de tristeza. Previamente habíamos acordado tener nuestra primera sesión hoy por Google Meet, pero no responde al teléfono ni a los mensajes por Whatsapp. Espero por una hora y nada. Me imagino que me contactará luego. Es frecuente  que los pacientes  atendidos por esta modalidad virtual tengan dificultades de telefonía o internet para conectarse, por lo precario de las comunicaciones en Venezuela.

 

Me pongo a preparar una conferencia virtual sobre salud mental que tengo que dar el próximo martes y luego reviso cuál otro documental interesante está en la red.»

Viernes, 16 de julio de 2021

«Hoy es viernes, me levanto a la misma hora con la misma rutina, hacer Zen y tomar mi café. Pero, como no tengo pacientes en el consultorio, voy a caminar a un estadio polideportivo que hay a menos de cinco minutos de mi casa.

 

Estoy yendo desde hace varios años en las mañanas y ya muchos de los que asistimos a esa hora nos conocemos. Hay un grupo de “runners” de la tercera edad, ellos corren y yo camino. Son personas mayores de sesenta años con una vitalidad envidiable, que hacen mínimo cinco kilómetros diarios. Me alegra mucho verlos correr.

 

Al regresar me baño, desayuno y voy a la faena doméstica de comprar, hacer diligencias, etc. 

 

Las terapias digitales las tengo siempre en las tardes a partir de las 4:00 p.m. El primero es una consulta de control de un niño de cinco años y medio, con síndrome de Asperger, que cursa primer grado en un centro pedagógico. 

 

Los padres me plantean que ha salido académicamente muy bien y que el colegio quiere promoverlo a segundo grado con menos de 8 años, situación que no les parece conveniente. El colegio quiere un informe al respecto.

 

Las pruebas me muestran que, a pesar que este niño es muy inteligente y comprende los procesos de lectoescritura muy bien, emocionalmente sigue siendo un niño pequeño que está más interesado en jugar que en copiar tareas a las que no les encuentra ningún sentido. Fácilmente se cansa de escribir, por lo cual le explico al colegio, mediante un informe, lo inconveniente de continuar con este adelanto pedagógico.

 

Nuestro sistema educativo actual no entiende mucho de los aspectos evolutivos y psiconeurológicos  relacionados con la lectoescritura, tanto que exige que niños de menos de siete años cursen el primer grado y los resultados son muchos niños con pésimo nivel de lectura a nivel escolar.

 

El segundo caso de la tarde fue un adolescente de 13 años con varios diagnósticos previos (TDAH, síndrome de Asperger, disgrafía) y con muchas dificultades escolares. Lo reevalué  hace dos meses  y para mí resultó un TANV (Trastorno del Aprendizaje No Verbal).

 

Este es un trastorno del neurodesarrollo que comparte similitudes con el Asperger y con el TDAH, pero también tiene sus características peculiares y muchas veces  no es fácil de diagnosticar.  

 

Esta es su primera sesión de control, los padres  han seguido las restricciones alimenticias y la vitaminoterapia  indicada, han leído y estudiado todo el material que les envié. Señalan  que el adolescente está más tranquilo y salió muy bien a nivel académico.

 

Mucho de este éxito se debe a la supervisión de los padres y a la buena disposición del colegio, que siguió las recomendaciones enviadas y realizó una serie de adecuaciones curriculares y de evaluación para mi paciente. ¡Qué buenos  resultados se obtienen cuando  la institución escolar comprende y está abierta a ayudar!

 

El último caso del día es una familia chilena. Mamá separada con dos hijos, la mayor de 11 años y el menor de 8, a quien diagnostiqué con TDAH hace ya varios meses. Ellos me consultaron hace unas semanas por un incidente muy fuerte de violencia doméstica por parte de la tía y abuela paternas, ocurrido mientras ambos hijos estaban viviendo en la  casa del padre, debido a que la madre estaba en cuarentena por COVID-19.

 

Hemos trabajado las emociones encontradas de rabia y tristeza de ambos hijos hacia su  familia paterna. La madre decidió denunciar el caso a las instancias judiciales y hay una orden de restricción judicial contra todos los familiares paternos. Los dos niños deben ser evaluados psicológicamente y el padre y la tía deben asistir a terapia.

 

Tuvimos una sesión de dos horas, donde se trabajó por un lado la tristeza del hijo menor, pues siente culpa por haber hablado del incidente a la madre y que ahora no pueda ver a su papá ni a su abuela. Por el otro lado, se trabajó también con los sentimientos de rabia de la hija mayor, quien tiene mucho rencor hacia su padre, a quien culpa de no haberlos protegido, esta rabia lo que oculta es mucho dolor.

 

Larga sesión de lágrimas y de reforzar ante estos dos niños que la violencia en los hogares no es normal, que hay familias que no lo ven así y que está bien protegerse de ella. También tocó reforzar la valentía de la madre al proteger a su hijos. Termino bastante cansado y algo triste al pensar como, para muchas familias, el hogar no es esa fuente de amor y solidaridad que todos anhelamos. Me cuesta un poco conciliar el sueño. Medito un poco y finalmente me duermo.»